Había encontrado trabajo en otra ciudad, así que alquilé un tercer piso en un edificio de viviendas cercano a mi oficina. Una noche, disfrutando de mi buscada soledad, me asomé a la terraza con la intención de fumar tranquilamente uno de los últimos pitillos que quedaban en el paquete. Serían sobre las tres de la mañana, cuando entre calada y calada, me pareció descubrir una silueta en el parque que se situaba justo debajo de mi edificio. No había nadie en la calle y bajo las farolas, todavía iluminadas, apareció una niña de corta edad, calculé que tendría sobre seis o siete años, cabellos rubios y un vestido blanco. De pronto, alzó la vista y me vio, abrió su pequeña manita y me saludó con sus pequeños dedos bien abiertos. De pronto se metió entre unos árboles y desapareció. Intenté ver si la acompañaba algún adulto porque obviamente aquellas no eran horas para que una niña de esa edad pasease por un lugar tan inhóspito. No le di más importancia y me dispuse a dormir.
Al día siguiente, a la vuelta del trabajo observé una esquela en mi portal. Un hombre joven, sin duda. La portera me informó que había fallecido pese a su gran fama de deportista. Apenas le conocía, así que lamenté la muerte del vecino y me dispuse a dormir.
La semana siguiente volví a asomarme a la terraza, necesitaba dejar de fumar porque aquellas noches de soledad invitaban a lo contrario. De pronto volví a ver a la niña. Estaba correteando sola con el mismo vestido blanco. Se paró, alzó la vista y me saludó, me hizo la señal de la victoria con sus pequeños deditos. De pronto, empezó a correr y volvió a desaparecer. No encontraba explicación para que una niña de esa edad estuviera sola en ese parque. Pensé en informar de ello a la policía, pero tal vez fuera la hija de algún hostelero cercano, ¿quién sabe? Hay padres para todos los gustos.
A la tarde siguiente, repitiendo mi monótono subsistir de oficinista, volví a ver una esquela en mi portal. Una chica de apenas 22 años había fallecido. Lamenté la mala suerte junto a mi portera. De pronto, me fijé en un dato: Piso 2do izquierda. Pregunté con un nudo en la garganta a la vieja portera en que piso vivía el joven deportista que había fallecido la semana anterior. Me respondió todavía entre sollozos que vivía en el quinto piso. Subí corriendo a mi piso con un sudor frío. Pura coincidencia, me dije o tal vez no. Sólo sabía que aquella niña, me había indicado con sus cinco dedos la primera vez y con sus dos deditos la segunda el piso en el que al día siguiente moría uno de sus inquilinos.
Estuve dos meses sin salir a la terraza de noche, no quería volver a encontrarme con aquella niña extraña. Sin embargo, una noche de verano sobre las cuatro de la madrugada me asomé. No había nadie como siempre y, de pronto ella apareció, se rió, me miró y levantó su pequeña manita con tres deditos extendidos. No había duda, era mi piso. Volví a acostarme, cerré puertas y persianas y cruelmente rezaba para que mi viejo vecino muriese. Era cruel y absurdo, pero no me quitaba a aquella niña de la cabeza. De pronto, en la total oscuridad de mi habitación y con la radio como única acompañante, escuché un ruido seco en el pasillo, salí y la oscuridad lo cubría todo. Quise encender la luz pero una pequeña luz blanca al final del largo pasillo me cegó. De pronto la vi, sonriéndome con su vestido blanco y sus tirabuzones rubios. Empezó a andar hacia mí, comencé a chillar diciéndole que no se acercase. Se paró y me volvió a sonreír y levantó su manita y sólo me dijo que hoy me tocaba a mí. Le pregunté quién era con mi voz entrecortada y sólo respondió: “La persona que hará finalizar la monotonía de tu triste vida”.
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2 comments:
Me ha gustado este ratito a solas con tu post. Muy interesante.
Esta historia está muy interesante but it gives you the creeps.
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